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Muralismo

La Brigada Ramona Parra: lecciones de un muralismo colectivo para el presente

La Brigada Ramona Parra no solo pintó paredes: abrió una grieta en el espacio público chileno que nunca volvió a cerrarse. ¿Qué podemos aprender hoy de su experiencia colectiva y efímera?

Introducción

Entre finales de los años sesenta y el golpe de Estado de 1973, las calles de Chile se llenaron de murales que no solo decoraban, sino que narraban conquistas, deseos y consignas políticas. La Brigada Ramona Parra (BRP), formada principalmente por jóvenes comunistas, fue la más emblemática de aquellas brigadas muralistas. Como señala Antonia García Castro en su estudio «La palabra pintada», la BRP fue pensada inicialmente como un órgano de propaganda, pero se convirtió en mucho más: un medio de comunicación que permitió expresar consignas y deseos, y un instrumento clave de la campaña electoral de 1970. Tras la victoria de Salvador Allende, las brigadas fueron indisociables de un modo de narrar y celebrar conquistas políticas, revelando una dimensión pocas veces analizada: la alegría en política.

Desarrollo

Orígenes y carácter colectivo

La BRP tomó su nombre de Ramona Parra, una joven obrera asesinada en 1946 durante una represión. Pero más allá de nombres propios, la fuerza de la brigada radicó en contar con una serie de talentos individuales puestos al servicio de una causa colectiva. Como apunta García Castro, esto fue un hecho fundador que marcó una forma de hacer muralismo en Chile. A diferencia de la tradición del mural perenne, hecha con materiales nobles para decorar instituciones, la BRP inauguró la línea del mural efímero, callejero, realizado por militantes que no se consideraban artistas, en condiciones de riesgo. Se trataba, antes que de una manifestación artística, de una herramienta de intervención política.

La grieta que nunca se cerró

Tras el golpe de Estado, la dictadura intentó borrar esas pinturas. Sin embargo, como relata García Castro citando a Pedro Lemebel, los murales de la BRP pintados en los tajamares del Mapocho reaparecieron bajo el estuco del olvido después de una inundación. «Mientras no se derribe el muro en el que un mural fue pintado: el mural está», escribe la autora. Esta resistencia física y simbólica evidencia que la BRP abrió un espacio en los muros de Chile que nunca volvió a cerrarse. En los años ochenta, distintos murales de resistencia aparecieron; en los noventa, nuevas brigadas retomaron el legado, como la nueva Brigada Ramona Parra compuesta por jóvenes que crecieron en dictadura y que expresaron dolor y rechazo, no alegría. Danilo Bahamondes, primer encargado nacional de la BRP, fundó en 1989 la Brigada Juan Chacón Corona, asegurando la continuidad de un combate singular: el combate por las palabras y el derecho a seguir expresando deseos y descontentos.

Enseñanzas para hoy

Hoy, quien visite Santiago verá que la ciudad está llena de gente que pinta. En barrios populares, la presencia de murales es casi total. Pero, como advierte García Castro, la gran mayoría de esos nuevos murales parecen inclinarse más por embellecer el entorno que por dialogar, denunciar o reivindicar. La experiencia de la BRP nos recuerda que el muralismo político no es solo estética: es una herramienta de comunicación, un medio para que cualquiera pueda asumirse como protagonista de su propia historia. La BRP nos enseña que la fuerza está en lo colectivo, en lo efímero y en la porfía de volver a pintar una y otra vez, incluso cuando el poder intenta borrarlo todo.

Conclusión práctica

La lección de la Brigada Ramona Parra para nuestros días es clara: el arte público puede ser un vehículo de transformación social si se pone al servicio de una causa colectiva y no del embellecimiento vacío. Recuperar su espíritu implica entender que pintar un muro es tomar la palabra, ocupar el espacio público y negarse a olvidar. Como sugiere García Castro, bajo las capas de pintura de los muros de Santiago permanece oculta la historia de los anhelos de los jóvenes de ayer, una historia aún por revelar. Quizás el primer paso sea volver a pintar con la misma convicción: la de que un mural puede ser, al mismo tiempo, un grito y una caricia.

Referencias

García Castro, Antonia. «La palabra pintada. Notas sobre la Brigada Ramona Parra y el muralismo político en Chile». Atlante. Revue d’études romanes, 4, 2016, pp. 234-248.

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